Se subió al tejado de la casa. Escuchó los disparos de la muerte. Pensó que se repetía aquella noche, la del sábado 30 de enero. Donde murieron 15 de sus vecinos, 13 jóvenes y 2 adultos, durante una fiesta estudiantil a dos cuadras de su casa. En la colonia Villas de Salvárcar. Y ella estaba ahí: en la fiesta más mortífera de su corta vida.
Pero no. Luego supo que los disparos estaban un poquito más lejos. Enfrente del Hospital General Regional 66 del Instituto Mexicano del Seguro Social. Y que mataron a tres agentes estatales de la Cipol. Dos hombres y una mujer, en un día donde fueron asesinadas 7 personas.
Poco antes de las 11 de la noche del martes 22 de junio cuando fueron acribillados los agentes estatales, Mayra había regresado de intentar encontrar a una de sus 4 hermanas, a María de los Angeles Gómez Ayala y su amiga, Perla Judith Gámez Valencia, las dos de 13 años. Desaparecidas desde la noche del lunes.
Fue al hotel Rio de la Avenida de Jilotepec, donde se hospedan los federales, con su mamá y otros vecinos de la colonia.
Una recepcionista, a la que habían entregado en la mañana unas hojas con sus fotos y descripciones, les había llamó diciéndoles que las menores habían entrado al hotel acompañadas de policías federales.
Pensaron que podría ser cierto. Es frecuente ver cómo los agentes intercambian teléfonos con las menores de edad, hermosísimas, y las suben en sus unidades. Conversan con ellas incluso cuando están custodiando un cadáver en el suelo.
Los vecinos se organizaron, llamaron a los medios de información y se dirigieron a la puerta del hotel, a perdir que les devolvieran a sus hijas. De pronto, comenzaron a salir en manada prostitutas del hotel donde se hospedan los policías federales desplazados por el presidente Felipe Calderón en la llamada guerra contra el narco, que a diferencia de los soldados, duermen en varios hoteles de la ciudad, pagados por el dinero de los juarenses.
La madre y la abuela de las menores desaparecidas consiguieron entrar al hotel y custodiadas por los federales registraron cada una de las habitaciones para saber si ahí estaban las menores.
No las encontraron. Pero fue noticia en los medios, no tanto por la desaparición -algo común desde hace 15 años en Juárez, donde continúan desapareciendo y muriendo mujeres bajo la indiferencia de las autoridades, que sólo han creado comisiones inservibles, para salir del paso y de las críticas internacionales-.
Lo nuevo era la movilización. Y con ella la presión a las autoridades. Que se pusieron a buscarlas. Como nunca antes.
Estaba hoy miércoles en la casita de Agustina Castro, la abuelita de Perla Judith, con la que vive. Me estaba contando cómo es su vida limpiando en una fábrica maquiladora por 680 pesos a la semana, unos 55 dólares. El reto de ahorrar un poquito para que su nieta reanudara sus estudios, tras dos años sin poder ir a la escuela, y lo preocupada que se quedaba dejándola sola hasta la 1 de la madrugada, en que regresaba ella de su chamba.
La puerta está abierta. Para que salga la hoguera de calor que se acumula en la casa. Estamos a unos 40 grados centígrados a eso de las 4 de la tarde. Un carro frena bruscamente en la casa. Y se escucha: "Señora, las encontraron. Las tienen en la Subprocuraduría!!!". Son unos adolescentes de la colonia.
Los familiares están siendo investigados por malos cuidados a sus hijas. Lo único que se supo es que pasaron la noche con un adulto. Bajo su propio consentimiento, dicen ellas. Y dejaron de ser vírgenes.
En la colonia se dice que las menores de edad están enamoradas de unos uniformes que representan a la autoridad.
Al menos, regresaron. Vivas.
